MICROBIOMA INTESTINAL
RECONOCERLO Y
MANTENERLO ORDENADO 
Cultivando el jardín interior
Si gozas de buena salud y eres diligente respecto a la
higiene, tendrás un rebaño de un billón de bacterias
pastando en las llanuras de tu cuerpo, unas 100.000 por
cada centímetro cuadrado de piel.
Están ahí para reciclar
los 10.000 millones de escamas de piel de las que te
desprendes cada día, más todos los sabrosos aceites y los
minerales que afloran de poros y fisuras.
Y ésas son sólo
las que viven en la piel; hay billones más alojadas en el
intestino y en los conductos nasales, aferradas a tu cabello,
nadando por la superficie de tus ojos, operando sobre el
esmalte de dientes y muelas.
El sistema digestivo alberga
más de 100 billones de microbios de muchas especies.
Como los humanos somos listos para fabricar antibióticos y
desinfectantes, es fácil creamos qué las hemos
arrinconado. No lo creas. Este es su planeta, y estamos en
él sólo porque ellas nos permiten estar. Lo dice Bill Bryson
en su libro “Una breve historia de casi todo”.
*Una breve historia de casi todo (A Short History of Nearly Everything) es un libro de divulgación científica de Bill Brysonescrito en 2003, en el que se aborda la historia de la ciencia desde la perspectiva de cómo fue evolucionando el saber y entrega aspectos curiosos de la vida de sus protagonistas, con sus grandezas, miserias y excentricidades. Consigue plasmar conceptos fundamentales de la geología, la física y la química con amenidad y sencillez. Fue el libro de divulgación científica más vendido de 2005 en el Reino Unido, con más de 300.000 ejemplares.
Actualmente la medicina está tomando conocimiento de varios
hechos revolucionarios:
los contaminantes ambientales,
los
disruptores endocrinos (químicos que alteran la función hormonal),
los telómeros (mecanismos del envejecimiento),
la epigenética (el
ambiente modulando la expresión genética)…
Pero la gran
revolución viene de la mano de la comprensión del microbioma
humano,
a partir de la publicación en 2012 por parte del Instituto
Nacional de Salud de EEUU,
del primer mapa genético del cuerpo,
gracias a la tecnología de los secuenciadores de genes.
Allí la
ciencia comprendió que somos más bacterias que células (10 a 1)
y
que tenemos más genes bacterianos que propios (150 a 1).
El impacto de este nuevo conocimiento es la consideración del
papel fundamental
de la mal llamada “flora” digestiva en la salud.
Antes de esta novedad, se llamaba “flora” a las bacterias
intestinales,
asociándolas a vida vegetal.
Ahora se habla de
microbioma o microbiota,
y a su desequilibrio se lo conoce como
disbiosis o disbacteriosis.
Este desorden aparece implicado (directa
o indirectamente)
en todas las patologías que se investigan bajo
esta óptica:
enfermedades autoinmunes, digestivas,
cardiovasculares, hormonales, sobrepeso, diabetes e incluso la
enfermedad de Parkinson y los trastornos psiquiátricos.
Por ello es
tan importante conocer más sobre nuestro bioma, para tratarlo
correctamente, evitando y corrigiendo sus consecuencias.
Existen colonias bacterianas en el intestino delgado, el
estómago, la boca, las cavidades nasales, la piel, el sistema
genitourinario, el tracto respiratorio… y sobre todo en el colon,
donde se comprueba la presencia de trillones de microorganismos
de 33.627 especies diferentes (bacterias, arqueas, levaduras,
hongos y virus).
Esta población, interactiva y dinámica, pesa cerca
de dos kilos
y a todos los efectos debe ser considerado un órgano
más
(por comparación, veamos que
el hígado no llega a ese peso y
el cerebro no llega a 1,5 kg).
Ahora comenzamos a comprender que se trata de un ejército
de microorganismos
(unos 100 millones de millones, o sea 14
ceros)
que principalmente pueblan el colon (el último tramo del
intestino, justo antes del recto),
y que día y noche digieren,
protegen y limpian,
impidiendo que micro organismos dañinos se
desarrollen e invadan la zona.
Estos soldados controlan
tu apetito,
tu digestión, tu comportamiento e incluso tu salud mental.
Nuestros
cuerpos son un complejo ecosistema en el que las células
representan un insignificante 10% de la población.
Esta microbiota,
compuesta por bacterias, virus, hongos y protozoos,
tiene una
relación con nosotros de beneficio mutuo:
les damos alojamiento y
alimento
y estos seres microscópicos realizan un sinfín de tareas
beneficiosas para nuestra salud.
Esta diversidad de vida
(cada persona tiene su propia flora
intestinal, tan individual como su huella dactilar) cohabita y
coopera, tal como ocurre en los jardines.
Cuidar el propio jardín es
responsabilidad de cada persona:
resembrarlo con frecuencia,
eliminar las malas hierbas, abonarlo, cuidarlo diariamente… o bien
abandonarlo, como seguramente hemos hecho en los últimos años.
Por esto último, lo que era un bonito jardín, rápidamente se ha
convertido en un horrible baldío y en un nauseabundo vertedero
(putrefacción intestinal, moco colónico),
refugio de especies
nocivas (hongos, patógenos, virus) que provocan enfermedades.
Pueden identificarse miles de especies de bacterias en este
mundo interior
cuya importancia hemos subestimado durante
mucho tiempo.
Sus genes, contienen una información
capaz de
movilizar operaciones bioquímicas de todo tipo.
Si cada uno de
nosotros existe gracias
a los 23.000 genes heredados del óvulo y
el espermatozoide,
somos además portadores de una fábrica
bioquímica increíblemente más rica.
El metagenoma, que es el
nombre que recibe el conjunto de genes de las bacterias
que viven
en nosotros, es infinitamente más rico que nuestro propio genoma.
Amplios estudios, como el Meta HIT o el Human Microbiome
Project,
han permitido contabilizar más de tres millones de
genes en el cuerpo.
La alimentación es el principal condicionante del
ecosistema.
Pero hay otros factores que afectan la composición de
las poblaciones bacterianas
que viven en el tubo digestivo:
el tipo
de parto que tuvimos (vaginal o cesárea),
el entorno bacteriano en
que vivimos,
la lactancia, la contaminación ambiental y el estrés.
Los científicos concuerdan en que la vida urbana moderna, la
alimentación industrializada, el uso de antibióticos e inclusive las
cesáreas innecesarias,
han contribuido a un "empobrecimiento" de
la comunidad microbiana,
y esto está vinculado a ciertas dolencias,
como la enfermedad celíaca, el asma o la obesidad.
¿Y para qué sirven las poblaciones bacterianas que viven en
nosotros?
Nuestra microbiota interviene en numerosas funciones.
Las bacterias intestinales ayudan a digerir los alimentos,
y los
subproductos de las bacterias son a su vez útiles nutrientes.
Alrededor del 75% de la vitamina K es producida en los intestinos
por las bacterias. Además, producen vitaminas esenciales (B12)
y
ayudan a absorber vitaminas que provienen de los alimentos.
Un ejemplo de esta interacción lo vemos en animales como las
vacas,
que no se alimentan de las pasturas que ingieren.
Las
utilizan para alimentar microbios que viven en su organismo.
Lo
que en realidad constituye su comida
son los subproductos del
metabolismo de los microbios.
Y nosotros, los seres humanos,
también hemos establecido vínculos similares
con nuestros
colonizadores.
Por ejemplo, no poseemos todas las enzimas
necesarias para digerir vegetales,
así que necesitamos la ayuda de
los microbios que viven en nuestro aparato digestivo
para
procesarlos.
Cuando fermentan estos vegetales en nuestro intestino
grueso,
generan ácidos grasos de cadena corta,
una fuente de
energía fundamental para las células humanas.
Y también nos
proveen vitaminas esenciales para la vida,
que no podríamos
obtener de otra forma.
EL MICROBIOMA ES UN ORGANO
Las bacterias que habitan en nuestro interior tienen un papel
tan relevante,
que ya se lo considera como un nuevo órgano
esencial,
no sólo relacionado con la salud física, sino también
mental.
Y es que hay millones de neuronas en el intestino (nuestro
“segundo cerebro”)
y millones más en el cerebro;
ambas redes se
comunican entre sí (a través del nervio vago) e influyen en las
emociones.
Esta comunicación y la química del ambiente
(neurotransmisores, hormonas)
esta mediada por las bacterias.
Una mala composición, o desequilibrio, de las bacterias del
intestino,
puede causar gran cantidad de síntomas y
enfermedades, como sobrepeso y obesidad (con sus
consiguientes complicaciones inflamatorias como
diabetes,
inflamaciones, fatiga y problemas de sueño),
problemas digestivos
(como diarrea, estreñimiento, hinchazón abdominal, flatulencias),
trastornos de la piel (como eccema o psoriasis),
problemas
relacionados con el equilibrio nervioso y emocional (como estrés o
depresión), enfermedades infecciosas (como gripe, resfriados,
gastroenteritis),
algunos tipos de cáncer (como el de colon, mama
o próstata)
y un largo etcétera.
Cuando el microbioma intestinal se encuentra balanceado,
su
función general refleja un mayor nivel de energía,
porque en
términos generales, se encuentra más saludable.
Cuando el
microbioma carece de bacterias sanas,
uno se siente físicamente
agotado y eso afecta su rendimiento.
La comunidad científica está revolucionada con cada nuevo
descubrimiento
ligado a la importancia de la flora intestinal en la
salud.
Por ejemplo, recientemente un estudio ha demostrado
cómo
la alteración en la flora intestinal se relaciona directamente
con el
desarrollo de la esclerosis múltiple.
Los investigadores han
comprendido que la alteración en la barrera intestinal
desencadena
el proceso inflamatorio
que afectará al sistema nervioso y
provocará el daño neurológico.
En 2013 Ted Dinan, catedrático de Psiquiatría de la Universidad
de Cork (Irlanda),
introdujo un nuevo concepto: los psicobióticos.
Son bacterias que, cuando se ingieren en cantidades adecuadas,
mejoran la salud mental.
Se ha demostrado que algunas bacterias
intestinales de los géneros
Lactobacillus y Bifidobacterium
segregan
o modulan sustancias neurotransmisoras como
GABA, acetilcolina o
serotonina,
implicadas en la regulación de muchos procesos
fisiológicos y neurológicos,
cuya disfunción se relaciona con
ansiedad o depresión.
El consumo de ciertas bacterias se asocia
con una disminución del estrés
y una mejora de la memoria.
Científicos de la Universidad de Boston
descubrieron una
bacteria intestinal que se desarrolla con el GABA como nutriente.
El
ácido aminobutírico (GABA)
es un neurotransmisor que reduce la
excitabilidad neuronal a lo largo del sistema nervioso
y regula el
tono muscular.
La molécula GABA es crucial para mantener la
serenidad en nuestro cerebro
y esto permite comprender por qué la
microbiota intestinal puede afectar nuestro humor.
Investigadores del Instituto de Tecnología de California (EEUU)
han descubierto
que el origen del Parkinson puede estar en el
intestino,
lo que explica que estos pacientes,
años antes de sufrir
los primeros síntomas, tienen problemas digestivos.
Los
investigadores explicaron que los desórdenes neuro-degenerativos
podrían tener su origen en el intestino,
y ello está
relacionado con el enlentecimiento del tránsito intestinal,
algo que
afecta la composición de la microbiota de la persona.
También se ha descubierto hace poco la conexión entre la flora
intestinal desequilibrada
y la diabetes gestacional,
y del mismo
modo un reciente un estudio vincula
una buena, variada y
equilibrada flora intestinal con una mayor longevidad.
Las vaginitis femeninas son otro ejemplo de interacción
bacteriana.
Todas las mujeres tienen patógenos que son habitantes
naturales de la vagina,
pero en concentraciones muy bajas.
Junto a
ellas, como parte de ese ecosistema microbiano,
viven muchos
lactobacilos, bacterias del ácido láctico que modifican el pH
evitando la colonización por potenciales patógenos y mantienen el
entorno saludable.
Sin embargo, si por algún cambio hormonal
durante el ciclo menstrual,
por efectos de un tratamiento
anticonceptivo,
por el contacto con el preservativo o con productos
de higiene íntima,
cambia el nivel de acidez en ese hábitat,
los
patógenos pasarán a dominar.
Los científicos ahora comprenden que las bacterias vaginales de
la madre
cumplen una segunda función, tan vital como la primera,
pero esta vez para sus hijos.
La microbiota vaginal constituye el
primer inóculo bacteriano que recibe el bebé
al pasar por el
canal del parto,
fundamental para un desarrollo apropiado del
sistema inmune.
Esta primera exposición, podría tener
consecuencias a largo plazo,
como sugieren muchos estudios que
asocian
parto por cesárea con riesgo de enfermedades inmunes.
La gran diferencia entre los niños nacidos de parto vaginal y
por cesárea,
son sus bacterias.
Los primeros se bañan literalmente
en la flora vaginal de su madre.
Los colonizadores bacterianos
iniciales son vitales
para los sistemas digestivo, metabólico e
inmunitario del pequeño.
Instalados en el intestino, hacen la mayor
parte de la digestión al bebé.
Además de descomponer la leche, las
colonias intestinales
fabrican una serie de vitaminas que el cuerpo
humano por sí solo no es capaz de generar
y también funcionan
como entrenadoras del sistema inmunitario.
A su vez se sabe que
un 21% de la leche materna no resulta asimilable para el bebé,
sino que es sustrato alimentario para las bifidobacterias que deben
proteger al niño.
Incluso ahora se descubre que el calostro de las
primeras horas
aporta inmunoglobulinas (anticuerpos) en alta
concentración…
y más de 700 bacterias distintas para proteger al
bebé!!!
El Dr. David Perlmutter, neurólogo y autor de los best sellers
“Cerebro de pan” y “Alimenta tu cerebro”,
pone en evidencia las
limitaciones del sistema médico:
“Toda mi carrera he estado
frustrado
por no tener herramientas muy poderosas
para lograr
cambios en las personas que tienen problemas neurológicos.
Ahora
empezamos a conseguir esas herramientas, y están en el intestino.
¿Quién lo hubiera pensado?
En la escuela de neurología,
no
estudiamos la composición de las bacterias intestinales
y cómo
influyen en el cerebro y la ciencia.
Es la verdadera definición de
simbiosis:
apoyamos su salud y ellos apoyan nuestra salud.
Y lo
hacemos por medio de los alimentos que comemos.
Ellas son
comensales.
Compartimos la comida.
Las tratamos bien al consumir
alimentos fermentados,
que son ricos en bacterias probióticas y
alimentos que contienen fibra prebiótica.
Estos nutrientes mejoran
el crecimiento de bacterias buenas.
Múltiples estudios comprueban
pérdida de peso,
un mejor control del azúcar en la sangre
y menor
inflamación.
Un estudio reciente muestra cómo los niños con rinitis
alérgica y problemas respiratorios, tienen mejoras sólo con darles
fibra para mejorar el crecimiento de bacterias saludables.
Tengo una historia clínica en “Alimenta tu cerebro”,
de un
hombre joven con esclerosis múltiple,
que no podía caminar sin dos
bastones,
que se sometió a una serie de trasplantes fecales en
Europa,
y que ahora camina sin ayuda de ningún tipo.
Su vídeo
está en nuestra web.
Los médicos lo ven y se quedan con la boca
abierta,
porque esto nunca fue siquiera considerado en la escuela
de medicina.
Si uno prestaba atención al intestino era porque se
haría gastroenterólogo,
de lo contrario no había interés en verlo.
Pero resulta que es relevante,
seas gastroenterólogo, neurólogo,
psiquiatra, especialista en articulaciones,
en la piel o incluso
oncólogo.
Tenemos que prestar atención en como nutrir a estas
bacterias,
si pretendemos mantener a la gente sana.”
Pero los científicos tienen limitaciones para avanzar en este
conocimiento;
no pueden poner cámaras como las que se emplean
para estudiar
el comportamiento de animales.
Ahora, gracias a las
técnicas de secuenciación masiva y a la genómica,
están comenzando a ver el paisaje.
están comenzando a ver el paisaje.
Sin embargo la mayor parte de los
estudios sobre microbiota intestinal
se hace a partir de las heces,
y es más relevante conocer las bacterias que están pegadas a las paredes intestinales; pero para conseguirlo es necesario hacer biopsias y eso complica la tarea.
Además, muchas bacterias viven tiempos muy breves
y dependen de condiciones específicas de ese ambiente interno, l
o cual también dificulta su estudio.
Por todo esto, el desconocimiento de los microorganismos que viven en nuestro interior sigue siendo inmenso.
Los científicos saben que miles de especies de bacterias distintas nos habitan,
pero solo somos capaces de cultivar un centenar. Así que por ahora debemos ser pragmáticos y sobre todo autogestores del orden interno.
se hace a partir de las heces,
y es más relevante conocer las bacterias que están pegadas a las paredes intestinales; pero para conseguirlo es necesario hacer biopsias y eso complica la tarea.
Además, muchas bacterias viven tiempos muy breves
y dependen de condiciones específicas de ese ambiente interno, l
o cual también dificulta su estudio.
Por todo esto, el desconocimiento de los microorganismos que viven en nuestro interior sigue siendo inmenso.
Los científicos saben que miles de especies de bacterias distintas nos habitan,
pero solo somos capaces de cultivar un centenar. Así que por ahora debemos ser pragmáticos y sobre todo autogestores del orden interno.
COMO CONVERTIRNOS EN BUENOS JARDINEROS
Ante todo debemos tomar consciencia que, sea por falta de
información o descuido, hemos convertido nuestro ámbito intestinal
en un baldío, donde hay suciedad (ensuciamiento alimentario) y
desorden (disbiosis).
La tierra está compactada (mucosa intestinal
demasiado permeable, moco colónico, candidiasis), hay malezas
(hongos y parásitos instalados), plagas (infecciones y virus),
demasiado sol (inflamación, acidez) y putrefacción (anaerobia).
Lo esencial al comienzo es preparar el terreno.
Lo que
equivale al “desmalezado” sería el lavaje intestinal o hidroterapia
colónica.
Con sesiones que permiten pasar unos 40 litros de agua
por el colon, aseguramos ir despegando y removiendo la placa
mucoide adherida a las paredes del intestino grueso.
Sin esta
práctica se hace imposible preparar el terreno y cultivar una flora
fermentativa.
Luego hay que comenzar a trabajar la tierra:
arpir (sellar la
mucosa intestinal demasiado permeable),
sembrar semillas de
calidad (probióticos),
poner buenos abonos (prebióticos)
y buen
riego (alimentos fisiológicos, fermentos),
rastrillar (evacuaciones
regulares),
proteger del sol quemante (reduciendo la inflamación)
y
así poder llegar a tener una tierra viva y fértil (buen peristaltismo
intestinal),
en la
cual conseguir
buenos frutos
(buena
digestión,
evacuaciones
fisiológicas).
No hay comentarios:
Publicar un comentario